“PARA LA EXPLOTACIÓN LABORAL NO EXISTEN FRONTERAS”


                                                                                                           

El 30 de marzo de 2006 pasadas las 16:45 comenzó el incendio del taller textil clandestino ubicado en Luís Viale 1269, barrio de Caballito. Dicho siniestro provocó la muerte de seis personas víctimas de trata de personas con fines de explotación laboral. Diez años después el Tribunal Oral Criminal N° 5 dio a conocer el veredicto mediante el cual condenó a la pena de trece años de prisión a Luís Sillerico y Juan Manuel Correa, capataces del taller, por considerarlos coautores del delito de reducción a la servidumbre. En 2019 fueron absueltos los propietarios del taller y dueños de las marcas, Daniel Alberto Fischberg y Jaime Abraham Geiler. Tampoco pudo probarse en sede judicial la responsabilidad de los efectivos policiales y los inspectores que debían controlar el lugar.

Veinte años después del incendio, la sobreviviente Lourdes Hidalgo sigue peleando junto a otras compañeras para que el inmueble donde funcionó el taller se convierta en un sitio de memoria contra la trata de personas con fines de explotación laboral. “Nuestro grito va a ser siempre: Migrar no es delito, migrar es un derecho. La reforma migratoria es una persecución hacia nosotras, que parece que cometimos el delito de tener la tez morena. Pero muchos se olvidan que la ropa que usan está manchada con la sangre de las trabajadoras textiles”.

 

¿De dónde emigraste y qué expectativas tenías antes de llegar a Argentina?

Vine de La Paz, Bolivia. Allá trabajé casi catorce años en “Estege”, una empresa de fiambres. Pero como los patrones siempre quieren vernos sumisos, el 1 de enero de 2002 me entregaron la carta de retiro por haber participado en varias luchas gremiales. Dos años después me viene sola acá con 36 años, y empecé a trabajar en un taller. Mi objetivo era juntar plata y volverme a Bolivia. 

¿Cómo llegaste al taller de Luís Viale?

Tomé contacto con Luís Sillerico, capataz del lugar, porque el taller donde yo trabajaba paraba la producción en diciembre. Y necesitaba mantener mis ingresos, sobre todo para cubrir el costo de la habitación que alquilaba en Gaona y Donato Álvarez. Ni bien llegué al taller de Luís Viale pensé que era una fábrica, porque estaba lleno de máquinas y gente. Y me ofrecieron trabajar por prenda terminada, a cincuenta centavos cada una. Allí se confeccionaba pantalones de tela de jean para varones. Entraba a las 7:00 y regresaba a casa a las 23:00.

¿Cuáles eran las condiciones de trabajo?

Para empezar, ni bien entrabas ya veías que el lugar estaba en malas condiciones. Todo cerrado y sin ventilación. Se te pegaba al cuerpo el polvillo de las prendas con las que trabajábamos, que encima eran ásperas y maltrataban la piel de las manos porque allí se cosía puro jean. Para comer te tenías que acomodar sobre las máquinas o los cortes de pantalón. Por eso al poco tiempo me quise ir. Esperé a que pasara más de un mes, y pedí que me pagaran. Pero Sillerico me informó que ahí se pagaba cada tres meses, y que en todo caso podía quedarme a vivir en el taller. Para darte una idea, el lugar estaba dividido en tres partes. En la planta baja estaba el taller, y en el entrepiso y el primer piso estaban las piezas donde vivíamos nosotros, separadas con nylon, madera y tela. A mí me ubicaron bien arriba, donde se accedía mediante una escalera muy precaria. Al principio protesté, pero no me quedó otra que aceptar esas condiciones porque ya había dejado la pieza donde vivía, y además no tenía con qué pagarla. Así fue como me quedé, y todo fue de mal en peor.

¿Con cuántas personas convivías allí?

Éramos sesenta y cinco personas, entre ellas veinticinco niños. La rutina era: de la cama a la máquina, y de la máquina a la cama. El único descanso era a partir del sábado por la tarde y el domingo. La cocina estaba en medio de las máquinas, y había un tablón donde se apilaban todos los platos. Teníamos una lámpara por sector, y el propio capataz las apagaba todas a la vez. Había dos baños, pero uno de ellos no funcionaba. Imaginate las colas que se armaban… Pasaron inspectores y la propia policía, y no decían nada. Incluso mandaban a los propios empleados del taller a dejar pantalones dentro del baúl de los patrulleros. Los patrones Jaime Abraham Geiler y Daniel Alberto Fischberg, con la complicidad de los capataces Luís Sillerico y Juan Manuel Correa, sabían lo que pasaba en el taller y no hicieron nada.

¿Cómo se provocó el incendio?

El incendio fue provocado por un cortocircuito. Las instalaciones eléctricas eran malísimas. Imagínate que los peritos dijeron que el lugar estaba habilitado para cinco máquinas, pero había más de cincuenta. Y empezó entre las 16:45 y 16:50, lo recuerdo bien porque estaba en el primer piso viendo una novela en la pieza de una compañera. Estaba esperando que se desocupara una máquina de doble aguja para subir los cierres de los pantalones, y no quise ir a mi cama porque hacía mucho calor. Me salvé de la muerte justamente por no estar ahí…

¿Qué recordás de ese momento?

Hubo un corte de luz de unos segundos, y al ratito vi que empezaba a entrar humo a la pieza. Salí a ver qué pasaba y vi un niño zapateando, y los colchones prendidos fuego… Agarré al chico, y se cayó al piso un televisor que estaba atado con un cordón de tela. Ahí sentí que me quemaba toda por dentro, el humo ya era muy feo. Luego corrí hacia abajo, pero a su vez vi a mis compañeros subir… Y pese a que les avisaba que se estaba quemando el taller, la gente que estaba en planta baja seguía trabajando con la música en volumen alto. Cuando me acordé que había matafuegos, corrí a buscar uno pero no funcionó… El humo avanzó más y más, y todo se volvió oscuro… Corrí hacia afuera buscando agua, sentía que me estaba ahogando… Empezaron a explotar las ventanas, las garrafas de gas también. Luego nos alejaron a la otra cuadra, era un griterío terrible… Estas fueron muertes evitables, todos sabían esto y nadie hizo nada.

¿Qué fue de tu vida los días próximos a esta tragedia?

En ese momento quedamos todos en la calle, y estuvimos muchos días a la deriva. Al tiempo incluso tuve que buscarme otro taller porque había quedado sin nada, además de indocumentada… Más allá de eso, siempre voy a recordar a las seis víctimas. La de mayor edad era Juana, una mujer de Cochabamba de 25 años que estaba embarazada, y que encima ya tenía su pasaje de vuelta a Bolivia: iba a regresar un sábado, pero murió el jueves anterior. Dejó a su nena de seis años, y una pareja… Wilfredo era un chico de 15 años, y su familia se componía de cuatro personas. Dormían todos juntos en un colchón en el entrepiso. Lo recuerdo y me da mucha impotencia y rabia… El resto de las víctimas fueron cuatro niños: Elías Carbajal de 10 años (vivía con el abuelo en la parte de arriba, iba a la escuela por la mañana), Rodrigo Carbajal de 4 años (hermano menor de Elías), Luís Quispe de 4 años (un niño que no hablaba el castellano, netamente aymara) y Harry Rodríguez de 3 años, el más pequeño de todos. Todos ellos fueron víctimas de explotación laboral y trata de personas.

¿Crees que el juicio a los responsables del incendio fue justo?

El juicio fue en 2016, luego de que lucháramos mucho para que eso sucediera. Pero solamente condenaron a los capataces. Que encima al rato los liberaron. A los dueños los dejaron libres de culpa y cargo. Y en octubre de 2019 la Justicia les entregó las llaves del taller, que ellos mismos tapiaron. Pegado a ese lugar, en Galicia 1241, tienen otra fábrica que al día de hoy sigue funcionando… No investigaron nada, y ha quedado todo en total impunidad. Incluso con nosotros se ejerció mucha discriminación por ser trabajadoras migrantes. Impusieron fronteras entre países, pero para la explotación laboral no existen fronteras…

¿Qué te gustaría destacar a veinte años de la tragedia de Luís Viale?

Que no hay que bajar los brazos porque la explotación laboral no cesa. Pero también rescato que la lucha te da fuerzas para seguir. Hace unos años atrás estaba sola y ahora me acompaña mucha gente. Eso me inspira a no rendirme. Armamos una comisión para lograr justicia por el incendio de Luís Viale, y creamos un grupo de bordadoras que se llama “Bordando Historia, Construyendo Memoria”. Nos juntamos cada quince días en Plaza Irlanda, y realizamos distintas actividades abiertas al público. Cada 30 de marzo nos convocamos frente al taller de Luís Viale, y le pedimos a la gente que nos acompañe. Nuestro objetivo es que ese inmueble se convierta en un sitio de memoria contra la trata de personas con fines de explotación laboral. La patronal amasa su riqueza con la sangre de los trabajadores, y eso no puede pasar más.

 

Material consultado:

-https://www.fiscales.gob.ar/trata/comenzo-el-juicio-por-la-muerte-de-seis-personas-en-un-taller-clandestino-en-caballito/

-https://www.fiscales.gob.ar/fiscalias/incendio-en-el-taller-clandestino-de-caballito-nos-pagaban-70-centavos-por-prenda-y-trabajaba-desde-las-7-hasta-las-22/

-https://www.fiscales.gob.ar/trata/incendio-en-el-taller-clandestino-de-luis-viale-condenaron-a-13-anos-de-prision-a-los-dos-imputados/ 

Comentarios