EDITORIAL



La posibilidad de no ser quien se cree ser pasó por la cabeza de muchos de quienes hoy rondamos los cincuenta años de edad. El robo de la identidad de hijos de desaparecidos (que hoy afecta a unas trescientas personas) es un crimen que los represores aún cometen. Consuma su delito más perverso: modelar el espíritu de los hijos de los jóvenes de los setenta con la ideología de sus verdugos.

A cinco décadas de la irrupción de la Dictadura de la desaparición de personas y la apropiación de niños, desde nuestra publicación levantamos la bandera de “Memoria, Verdad, y Justicia”, y bregamos por una democracia que efectivamente atienda el interés de las mayorías. Que nuestra identidad se empape de comunidad, y que nos convoque al encuentro con nuestros semejantes.  

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