Entre tantos recuerdos viene a mi memoria que allá por fines de la década de 1940 dejaron de andar las calesitas que giraban mediante el esfuerzo de sufridos caballos, como aquella situada en un baldío de la calle Neuquén frente a Pujol. Pocos años después ocurrió lo mismo con los antiguos organitos que deambulaban por la ciudad con sus cotorritas de la suerte y con los deshollinadores, que se trasladaban en bicicleta con su típica ropa y galera de color negro, a menudo con las caras sucias. El progreso fue modificando las costumbres ya que hoy tampoco encontramos a aquellos vendedores de leche ordeñando sus vacas frente a la puerta de los clientes, ni se venden los pollos y las gallinas vivas en el puesto de Barone en el Mercado del Progreso. (…)
También fueron desapareciendo las
confiterías cercanas al Parque Rivadavia con “orquesta de señoritas” y los
viejos cafetines con “victroleras”, aquellas mujeres que desde un pequeño palco
recambiaban los discos de vinilo de 78 ante la mirada absorta y complaciente de
los parroquianos y de algún pibe que, con picardía, descorría las cortinas de
los ventanales para verla y dar cauce a incipientes fantasías eróticas. Uno de
esos cafetines estaba ubicado en la esquina de Martín de Gainza y Neuquén y se
llamaba Santamarina. El local también contaba con billares y el hijo de su
dueño jugó de centro- medio de Ferrocarril Oeste.
En diagonal a esa misma esquina, por las
mañanas, un canillita lisiado (le faltaba una pierna) hacía malabares con sus
muletas ascendiendo y descendiendo de los tranvías 84 y 85 que pasaban por
allí. Su destreza para subir y bajar de los coches, que circulaban velozmente,
nos dejaba perplejos. Muchos años después (…) me enteré que Antonio Nerone (tal
su nombre y apellido) tuvo la suerte de contar con el apoyo y la protección del
escultor Luís Perlotti y que, debido a su gran inteligencia y capacidad, se
recibió de profesor de inglés y se convirtió en un eximio pintor, exponiendo
sus obras en reconocidas galerías de la ciudad de Buenos Aires, donde obtuvo
meritorios premios a su labor.
Donde se juntan actualmente Aranguren y
Neuquén había un surtidor de YPF que nos proveía de kerosene. Los vecinos del
barrio lo compraban en damajuanas, a veces a veces luego de hacer grandes
colas. El kerosene se utilizaba en los calentadores mientras que los braseros
hogareños se alimentaban del carbón que nos vendía don Antonio Montepeloso (el
padre de Hugo, un fervoroso “verdolaga”). Don Antonio también surtía de carbón
y papas al convento “Del Buen Pastor”, aquel de la calle larga de nuestros
picados de fútbol infantiles. Muchas amas de casa lo utilizaban asimismo para
el planchado de ropa. Eran otros tiempos. El advenimiento del gas natural, años
después, aliviaría notablemente el quehacer hogareño de la gente de la ciudad.
En aquellos primeros años de 1940, en las
cuatro esquinas de Rojas y San Eduardo (hoy Aranguren) había negocios: una
carnicería (cuyo dueño era un español de apellido Garrote), una zapatería de
inmigrantes armenios (uno de cuyos hijos se llamaba Pedro), un depósito y venta
de helados y golosinas de la firma Noel (el dueño era de apellido Loretti) y un
almacén que atendían inmigrantes españoles. Durante las nochecitas, cuando los
negocios cerraban, nos reuníamos en cualquiera de las cuatro esquinas para
charlar e intercambiar experiencias. Por esos años falleció el propietario del
almacén de la esquina sudeste y, al cerrar definitivamente el negocio,
adoptamos esa ochava de manera exclusiva para nuestras reuniones hasta fines de
la década de 1950 y principios de los ´60.
Publicado en “Un agradecido muchacho de esquina” (pags. 22, 24, 25, 26 y 45).

Comentarios